Como disparar la imaginación del que escucha

Entrevista a Edu Comelles, por Marta Calvo

El sonido es la materia prima del trabajo de Edu Comelles, artista sonoro y compositor. El sonido, siempre presente y tantas veces desapercibido. Edu Comelles lo recoge, procesa, modifica, edita convirtiendo el paisaje sonoro en una nueva expresión artística. MAPAMUNDISTAS 2015 acerca su trabajo al espectador y trae su obra Paisajes imposibles, audible en la Sala de Armas de la Ciudadela. Aprovechamos su presencia para hacerle unas preguntas sobre el arte sonoro, su obra y la relación de nuestra sociedad con el sonido.

En un mundo predominantemente visual, ¿qué destacarías que proporciona el arte sonoro?

Precisamente por esa preponderancia de lo visual, la creación con sonido aporta eso: algo distinto a lo habitual. Aporta otra forma de percibir el mundo no basada en lo que vemos sino en lo que oímos, algo que de forma reiterada se nos olvida. Trabajar en sonido es una batalla permanente por decirle a la gente: escucha.

Trabajas con la composición y la grabación de sonidos. ¿De qué manera convergen en tus obras?

Digamos que los sonidos son la materia prima y la composición la estructura sobre la que esta materia prima basada en el tiempo se articula. Los sonidos en solitario son interesantes claro, pero agruparlos, combinarlos y hacer todo tipo de tropelías con ellos es muchísimo más divertido. A veces esa convergencia sirve a varios propósitos, en mi caso, el sonido siempre está al servicio de una idea o propósito bien o mal intencionado. Últimamente me interesa muchísimo la mentira, el engaño y la ficción y la maravillosa capacidad que tiene el sonido de materializar esas cosas. Me encanta pervertir y condicionar la escucha ajena, hacer creer que unas cosas son otras y, con todo eso, disparar la imaginación del que escucha.

Estamos rodeados de sonidos constantemente, ¿tu oído está permanentemente «trabajando» y alerta?

Una vez centras la atención en el mundo sonoro es inevitable que éste se expanda y abarque prácticamente toda tu vida, con lo cual siempre uno tiene la oreja especialmente atenta a, ya no todo lo que sucede, sino a aquellas singularidades del universo audio. Sonidos, efectos o conjuntos de sonidos que por la razón que sea generan una situación divertida, curiosa o interesante a prácticamente cualquier nivel. Por ejemplo: en el supermercado de debajo de mi casa hay un ventilador de un congelador de pescado que está  estropeado. El sonido de la correa de transmisión está medio roto y cuando gira produce un fantástico gemido que siempre despierta la atención de la gente que hace cola. Suena como si alguien se lo estuviera pasando muy bien en la trastienda. Esas situaciones me interesan mucho.

De igual manera me interesan mucho los sonidos autóctonos de cada lugar, ya sean tradicionales, culturales, sociales o políticos. Al fin y al cabo me interesa la singularidad sónica es decir, aquello inusual, aquello a lo que no estoy acostumbrado, y por ello no digo que me vuelvan loco los sonidos de países lejanos, selvas y demás. No, cerca existen singularidades muy interesantes y divertidas con las que trabajar, en eso ando ahora.

En MAPAMUNDISTAS 2015 podemos descubrir tu obra Paisajes Imposibles. ¿De dónde surge este proyecto, cuál es el germen? ¿Podría decirse que esta obra es una creación o más bien una recreación? ¿En qué medida esta obra es una «postal» de un espacio irreal?

Surge como todo: trabajando. Nunca he creído en la inspiración. Esta obra parte de la idea de crear un universo autónomo y vivo a partir del sonido. Paisajes Imposibles es una ventana abierta a un mundo virtual basado en el sonido un lugar con sus propias reglas que se asemeja a un pueblo mediano o ciudad pequeña de la zona mediterránea occidental, con todas sus particularidades. Se trata de un paisaje sonoro inventado a partir de cientos de grabaciones de distintos lugares. La re-combinación de esos paisajes sonoros nos da un nuevo espacio acústico que es una representación velada de una realidad sonora concreta. Lo interesante de Paisajes Imposibles es que, a diferencia de la foto fija, ésta va cambiando. A cada hora que pasa, el paisaje sonoro muta creando nuevas combinaciones basadas en el paso del tiempo. Al final, más que una postal, es una ventana por la que discurre un devenir concreto.

Participaste en la inauguración de MAPAMUNDISTAS 2015 con un fragmento de tu última composición, Agost, creado a partir del sonido que produce una copa de vino. ¿Cómo surge esta idea? ¿Qué te inspira para generar y crear un mundo sonoro tan rico como el de tu disco a partir de lo que, aparentemente, es un sonido tan simple?

De nuevo, surge trabajando mucho, probando combinaciones y descubriendo las posibilidades técnicas del sampleo y la transformación de sonidos. Este proceso sucede a diario, grabo material nuevo y le busco aplicaciones (arrastrar una silla, los platos de la cocina, una señal de tráfico…). A veces un sonido se te presenta ante ti con una riqueza tal que él solo va trabajando hasta que te das cuenta que con él has reunido un abanico amplio de posibilidades. Agost surgió al darme cuenta de que, en un período de 6 meses, los sonidos de esa copa de vino se fueron apoderando de mis conciertos en directo. Al final terminé presentando un concierto íntegro en Almería en el que solo usé esos sonidos. Inmediatamente después me puse a componer Agost a partir de todo lo realizado previamente. Esto fue hace un año y medio y Agost sigue expandiéndose a pesar de que el disco ya está acabado.

Acabamos la entrevista con una pequeña reflexión sobre nuestra sociedad. ¿Consideras que existe contaminación acústica? ¿Y visual? ¿Sabemos escuchar? ¿Qué nos estamos perdiendo? ¿Cómo definirías la relación de nuestra sociedad con el sonido? ¿Varía según regiones, zonas? 

Efectivamente, hay  contaminación visual. Constantemente nos taladran con imágenes malas, a veces uno siente un alivio tremendo al ver una buena película, con planos estudiados, montaje inteligente y una buena fotografía. Sin embargo la televisión y la publicidad (en papel o en pantalla) se encargan de afear todo lo que vemos a diario. Cualquier plató de televisión es un panorama feo de verdad, con esas lucecitas y esos brillos y esos decorados, con esos paneles y las pantallas… todo feo, y nuestros ojos se lo tragan. Deberíamos obligarnos a ver de vez en cuando cosas bonitas (paisajes, arquitecturas, lugares bonitos) como ejercicio sanador, porque sí, la omnipresencia de imágenes basura es a veces apabullante.

También hay contaminación acústica en todas partes, en algunos lugares más y en otros menos, pero en general estamos (en zonas urbanas) demasiado sometidos a mucha presión de sonido. Pero como no escuchamos, nos da igual, no sabemos escuchar. Normalmente oímos cosas, pero escuchar lo llevamos fatal. Pasa como con la imagen: que nos metemos unas cosas en el cuerpo malísimas. En casa la gente pone el televisor “porqué acompaña”, con esos pequeños y malos altavoces y la descompensación de volumen entre publicidad y programación ¡un auténtico horror sónico! En el metro los adolescentes oyen música a través de un pésimo altavoz de teléfono móvil. Y la radio en un taller mecánico tiene 30 años y se encuentra en una esquina grasienta del local sonando a rayos y centellas. Los presentadores de televisión cada vez tienen voces más de pito y en la mayoría de programas no se habla, se grita; los conciertos se celebran en lugares acústicamente aberrantes y la música en su mayor parte se escucha mal y demasiado alta. Amplificamos cosas con altavoces que no necesitan ser amplificadas, se instalan equipos de sonido indecentes para que un señor le hable a 30 personas y las deje sordas o para ¿comprar ropa?

Luego, y a pesar de que no sepamos escuchar, le tenemos un pánico atroz al silencio, estamos todo el santo día rellenando el vacío con mala música en ascensores, salas de espera y todo tipo de lugares anodinos. Nos vamos a la playa para estar tranquilos y los insensatos de los chiringuitos te ponen a todo trapo la última aberración musical del momento, algo generalmente inaudible que está para “ambientar” cuando en realidad lo único que hace es enmascarar todo, como el ketchup, que enmascara los sabores. En fin, que si nos pusiéramos a verdaderamente ESCUCHAR estas cosas que nos metemos en las orejas nos echaríamos las manos a la cabeza. Es decir, que oír sí oímos, pero escuchar ya es harina de otro costal.

En cuanto a relación de la sociedad con el sonido, por norma general en la sociedad occidental es una relación política y muy compleja; es decir, la única referencia en textos jurídicos sobre el sonido es para referirse a sus efectos negativos para la sociedad pero nunca positivos. El sonido, que lo abarca todo en una sociedad como la nuestra, está muy mal entendido, se asume de entrada que todo sonido es ruido y encima todo sonido que no haya sido etiquetado como música debe ser paliado, ocultado o disminuido. Así mismo incluso dentro de “la música” hay una cantidad ingente de cosas que directamente se consideran “ruido” básicamente por que a alguien no le gustan.

Al final, el problema se resume en que sí que nos han enseñado a disfrutar de una puesta de sol pero no sé por qué extraña razón, no nos han enseñado a disfrutar de determinados paisajes sonoros o ruidos que por la combinación de sonidos, a veces, son muchísimo más interesantes que cualquier concierto que se precie, sea de lo que sea.

Sí que es verdad que existen variaciones culturales, hay sociedades como por ejemplo la japonesa, que tienen una relación con el sonido probablemente mucho más avanzada que nosotros los occidentales, hay bibliografía sobre el tema para dar y tomar. En Europa, los países protestantes por razones obvias son mucho más silenciosos que los católicos. La forma en cómo vivimos, la climatología de nuestros países y las singularidades e identidades locales determinan nuestro comportamiento y evidencian que efectivamente un bar en Francia es infinitamente más silencioso que cualquier cafetería de Valencia (por poner un ejemplo). Al fin y al cabo, el sonido que nuestra sociedad (y todas las sociedades) produce es un paisaje sonoro que, por norma general, vale la pena reivindicar y preservar ya que en definitiva nos dota de identidad y forma parte de nuestro patrimonio inmaterial, nos define y nos singulariza dentro de la diversidad de este mundo en el que vivimos.